Cesárea Humanizada, La herida que no deja cicatriz en el alma

Olía a Jazmín, igual que la casa de mis padres en primavera. Era el aroma que me había acompañado las últimas semanas de gestación. Uno de mis aromas favoritos.

Sonaba la música que habíamos escogido para el momento que nuestro pequeño respirara por primera vez. La luz no me llegaba directamente. Estaba acompañada por mi esposo y mi doula.

Tenía la sensación de estar en el lugar correcto, en el momento adecuado. No era el trabajo de parto para el que me había estado preparando. Estaba en un pabellón. Estructuralmente muy parecido al pabellón donde nació mi primera hija. Pero estaba lleno de personas y detalles que lo transformaban en un lugar amoroso. Completamente distinto a la inne-cesárea anterior.

Esta vez, realmente mi porotito necesitaba ayuda para llegar. Ya me había dado sus señales.

No “me lo sacaron” como hace tres años. Esta vez nadie tironeo a mi bebé. Nació suave y lentamente. Lloró muy suavecito y se calmó rápidamente sobre mi pecho. Pude tomarlo y abrazarlo libremente, porque mis manos no estaban atadas. Yo imaginaba que iba a mamar en ese momento, pero no fue así. Era el momento de reconocernos, hablarnos, mirarnos y llenarnos de amor mutuamente. No hubo prisas, nos tomamos el tiempo que necesitábamos para hacerlo.

Luego, mi porotito fue acompañado de su papá a que lo midieran, pesaran, etc. No alcanzaba a verlo, pero no lo escuchaba llorar, sabía que estaba bien. Cerré los ojos y repasaba en mi mente todo lo vivido. No dejaba de sonreír, todo había sido maravilloso. Fue un nacimiento lleno de oxitocina.

Mi primera hija, nació de forma muy distinta. También fue una cesárea, pero cargada de violencia obstétrica. El dolor que había causado en mi alma la cicatriz anterior, me movilizó durante todos estos años. Al igual que en un trabajo de parto, era un dolor con sentido. Me llevó a encontrar la forma para que mi hijo pudiera nacer en paz, con respeto y amor. Libres, sin imponer los intereses de un tercero, sino atendiendo nuestras propias necesidades.

Volví a ver a mi porotito muy pronto, mientras estaba en la sala de recuperación. Ahora sí que era el tiempo de mamar. ¡Hace una hora atrás estaba en mi útero y ahora ya estaba prendido al pecho como si siempre lo hubiese hecho! El pronto inicio de la lactancia además de ser un momento muy especial, me ayudó mucho en mi recuperación. Sangré significativamente menos que en mi cesárea anterior.

Fue uno de los días más hermosos de mi vida, el nacimiento de mi segundo hijo. Hubo mucho más detalles que hicieron de ese día, en uno extra especial. Los atesoro en mi corazón y me traen una gran sonrisa cuando los recuerdo.

Un último detalle para compartir. En la cirugía, la ginecóloga removió la cicatriz anterior, para que se formara una nueva. Esto no ocurrió sólo en mi cuerpo, sino también en mi alma. A pesar de no ser el parto con el que soñé, fue un nacimiento absolutamente respetado y amoroso. Así fue como esta cicatriz logró sanar la herida que había dejado en mi alma la cesárea anterior.

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