Nacimiento de Ricardo

Escribo esta historia con mi pequeño Ricardo en brazos. Hace ya casi cuatro meses que viví la experiencia más maravillosa de mi vida: dar a luz de manera natural.

Cuando supe que estaba embarazada, la felicidad me invadió a mí y a toda la familia. También surgieron las dudas y preguntas, propias de toda mamá primeriza. Sólo una cosa tenía clara desde el comienzo: quería que el parto fuera absolutamente natural. Nada de medicamentos o anestesia, no había razón para nublar aquella experiencia que daría sentido a mi vida. Por meses y meses habría de esperar a mi hijo, sintiéndolo crecer, moverse, patear. Por meses y meses mi cuerpo se prepararía para recibir a este pequeño hombrecito ¿Por qué desaprovechar dicho regalo, por qué perder la posibilidad de sentir el nacimiento de mi bebé?

Casi a los ocho meses de embarazo conocimos a Paula. El curso de preparación al parto que nos daría se adecuaría a nuestras necesidades, conocer cómo sería todo el proceso de dar a luz y nos darían consejos para el cuidado del bebé. Creo que aquel fue el momento en que verdaderamente comenzó la espera… durante poco más de un mes trabajamos en tomar conciencia del cuerpo, mío y del bebé, en técnicas de relajación y de manejo del dolor. El dolor, decía Paula, es inevitable, pero se puede manejar y es el único inconveniente que tiene una recompensa invaluable. El cuerpo de una mujer está absolutamente preparado para dar a luz, no había razón para tener temor.

Finalmente, el 14 de julio a las tres de la mañana, comenzó el trabajo de parto de Ricardo, naturalmente… Mentalmente iba repasando los conocimientos adquiridos en las clases, y la absoluta consciencia de todos los cambios que ocurrían en mi cuerpo me ayudaban a seguir adelante con tranquilidad. Sentía las contracciones, cada vez más intensas, pero absolutamente manejables. Cada una me preparaba para el momento que vendría, y sentía con ellas también el deseo de Ricardo de salir a este mundo. Poco a poco nuestro alrededor dejó de tener importancia y fuimos sólo mi hijo y yo, a punto de encontrarnos… recuerdo con todo mi cuerpo el momento en que cruzó el umbral que lo trajo a mis brazos. Lo sentí llorar, vi sus ojos muy abiertos, y Paula lo puso en mi regazo, “abrázalo” me dijo, y ya estábamos piel con piel, él llegando a llenar de alegría y amor nuestra familia y yo, descubriendo a esta nueva personita, sabiendo que tendré siempre en mi mente vívido el recuerdo de su llegada.

 

Aquella misma noche estuve con mi bebé, amamantándolo hasta el día de hoy. Así ha crecido muy sanito, sin ninguna enfermedad. Mi recuperación fue también acelerada. Ambos tenemos un lazo de complicidad que va más allá de las miradas o los gestos. Recordando el nacimiento natural de mi hijo, me siento fuerte y valiente, sabiendo que voy a poder dar siempre lo mejor de mí por él. Siento también mi feminidad a flor de piel, al ver como mi cuerpo ha cambiado y se ha entregado para recibir a este ser, para ser su madre.

 

Andrea Saunier S.

                                                                                  Madre de Ricardo

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